INVESTIGACIONES

 

“UN ESTUDIO DE LA OBRA FREUDIANA SOBRE LA LIBIDO Y  EL LENGUAJE EN LOS TRASTORNOS ESQUIZOFRÉNICO”.

 

                                                  CONCHA LECHON CASTILLEJO

 

 

 

MEMORIA DE INVESTIGACIÓN PARA LA OBTENCION DEL DIPLOMA DE ESTUDIOS AVANZADOS

 

INSTITUTO DEL CAMPO FREUDIANO

SECCION CLINICA DE BARCELONA

 

DIRECTOR DE LA MEMORIA DE INVESTIGACION:

MIQUEL BASSOLS

 

 

FEBRERO 2003

 

 

 

 

 

 

 

INDICE

 

INTRODUCCION

 

  1. EL APARATO PSIQUICO FREUDIANO

 

  1. APORTACIONES DE LAS PSICOSIS A LA TEORÍA DE LA LIBIDO

 

  1. MODIFICACIONES DEL CONCEPTO DEL INCONSCIENTE A PARTIR DE LA ESQUIZOFRENIA

 

  1. EL YO Y SUS RELACIONES CON LA REALIDAD

 

  1. EL LENGUAJE EN LAS PSICOSIS

 

  1. ALGUNAS CONCLUSIONES

 

 

NOTAS BIBLIOGRÁFICAS

 

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

 

 

 

 

 

 

INTRODUCCION

Proponer un estudio sobre los trastornos esquizofrénicos desde el marco del psicoanálisis y en concreto desde la teoría desarrollada por Sigmund Freud  es tomar una orientación cuyo norte es la elaboración de una teoría de las psiconeurosis basada en el concepto de libido. En un primer momento Freud considerará psiconeurótico a aquellos que sufren de histeria, de neurosis obsesiva, de demencia precoz y paranoia. Aunque Freud se mostró reticente a la aplicación del método psicoanalítico para los casos de psicosis, no descuidó este tipo de manifestaciones para elaborar su teoría.

En primer lugar, su teoría de la libido tenía que ser válida para todas las categorías clínicas. En segundo lugar, el estudio de las psicosis, especialmente de la demencia precoz, le permitió la elaboración del concepto de narcisismo y la ampliación del  concepto del yo: concebido primero como una instancia represora pasa a ser un reservorio libidinal. En tercer lugar, las alteraciones lingüísticas, el modo de expresión de estos pacientes le aportaron pistas para el estudio del inconsciente.

Freud definirá la psicosis como el desenlace de una perturbación en los vínculos entre el yo y el mundo exterior.

La hipótesis de este trabajo será mostrar que la perturbación en el vínculo libidinal entre el yo y el mundo exterior está producido por un fracaso en la simbolización de la ausencia real del objeto.

Para indagar de qué yo se trata y cómo este yo aprehende el mundo exterior  planteamos  un primer apartado titulado  “El aparato psíquico freudiano” en el cual desarrollamos la concepción freudiana del funcionamiento del psiquismo humano.

Para Freud los procesos psíquicos funcionan con cantidades de energía susceptibles de sustitución, conversión y descarga que tienen que solventar tanto las exigencias de los estímulos  del mundo exterior como los provenientes del propio cuerpo. Estamos ante una concepción económica del psiquismo.

La condición necesaria es poseer un sistema de memoria, diferenciado del de percepción y consciencia. Las percepciones que llegan a nuestro aparato psíquico quedan convertidas en huellas  mnémicas que continuamente son afectadas por reordenamientos, pues nuestro sistema de memoria opera realizando retranscripciones de signos.

La vertiente clínica que supone  estas hipótesis implica que en las psiconeurosis no se produce la traducción de ciertos materiales. El motivo para no darse esta traducción sería un desprendimiento de displacer. Pues nuestro sistema psíquico está regido por el principio del placer, es decir, por la tendencia a la homeostasis; pero con el que interactúa el llamado principio de realidad.

Una de las funciones principales de nuestro yo es realizar el examen de realidad, discernir lo que pertenece a la realidad objetiva.

En el segundo apartado, que hemos titulado “Aportaciones de las psicosis  a la teoría de la libido”, pretendemos mostrar la influencia decisiva del estudio de las psicosis en la teoría analítica. La hipótesis freudiana es plantear las psiconeurosis a causa de una estasis libidinal. Lo que le lleva a distinguir una libido yoica y una libido de objeto. El supuesto básico para las psicosis es que ha sido retirada la libido de objeto y ha vuelto al yo. Se concibe entonces el yo como un reservorio libidinal, desde el que se puede emitir o almacenar las cargas libidinales. Ampliando de este modo la noción de libido a un interés psíquico general.

En el tercer apartado, titulado “Modificaciones del concepto del inconsciente a partir del estudio de la esquizofrenia”, situaremos los términos de la primera tópica freudiana, en la que el inconsciente queda definido como lo que contiene las investiduras de objeto genuinas, diferentes a las investiduras a las palabras. La esquizofrenia es explicada como la imposibilidad de transacción de la investidura libidinal de las palabras a las cosas.

En el cuarto apartado, titulado “El yo y su relación con la realidad” partimos de la premisa siempre vigente en la teoría psicoanalítica de la diferencia entre consciente e inconsciente, situando lo relativo a las funciones del juicio del lado de la consciencia, cuya misión principal será la de admitir o impugnar la existencia de una representación en la realidad. La tesis freudiana es que el fin primero del examen de realidad es reencontrar un objeto que corresponda al representado; la condición es que tienen que haberse perdido objetos que procuraron una satisfacción real.

Tanto las neurosis como las psicosis tienen como consecuencia una pérdida de la realidad objetiva, generada por un fracaso en la función del yo. Consideraciones que le llevan al problema de la escisión del yo; por la cual se forman dos posturas psíquicas, una que toma en cuenta la realidad objetiva, y otra que bajo el influjo de lo pulsional desliga al yo de la realidad.

Finalizamos con el apartado “El lenguaje en las psicosis”. Tanto las formas delirantes como el lenguaje esquizofrénico muestran evidentes alteraciones en el lenguaje. Desarrollamos pues la concepción que Freud tiene del lenguaje y la explicación que encuentra  para las peculiares formas de expresión en la esquizofrenia, siendo lo característico la referencia a partes del cuerpo, así como el dominio de relaciones de contigüidad  entre las palabras, poniendo de manifiesto la radical separación entre palabras y cosas.  La hipótesis de Freud será argumentar que a nivel del inconsciente las palabras son tratadas como cosas. Hay pues una relación entre la ausencia de la afirmación primordial del símbolo que inaugura la cadena significante y las alteraciones tanto a nivel sintáctico como semántico que encontramos en el lenguaje esquizofrénico.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  1. EL APARATO PSÍQUICO FREUDIANO

 

La definición que hace Freud de la psicosis como el desenlace de una perturbación en los vínculos entre el yo y el mundo exterior (1) le lleva a afirmar que de entrada, en el inicio de la relación del sujeto al mundo, algo nunca había quedado concluido (2).

Inicialmente, para explicar los procesos psíquicos partirá de observaciones patológicas, de las representaciones hiperintensas, tal como se dan  en la histeria y en la neurosis obsesiva.

En Estudios sobre la histeria (1893-95), bajo la premisa: “el histérico padece por la mayor parte de reminiscencias” (3), Freud explorará y describirá las relaciones de asociación, desgaste, exclusión e inconciliabilidad de las representaciones. El recuerdo del trauma psíquico, que supone como causa de la histeria, entra en un gran complejo de asociación, se inserta junto a otras vivencias, y es rectificado por otras representaciones. Siendo ésta la posibilidad de que haya efectos curativos pues permite que el afecto estrangulado de la representación pueda cursar a través del decir.

Freud reparará en aquellos pensamientos que al modo de un cuerpo extraño (4) están presentes en la conciencia, sin que  hayan entrado en vinculaciones con el resto de las representaciones. Lo que le lleva a plantear: ¿Cómo pudo suceder que un grupo de representaciones de tan intenso acento se mantuviera aislado? (5). Pues en general, con la magnitud de afecto de una representación aumenta también su papel en la asociación, y por lo común la representación afectiva sucumbe pronto al desgaste. La actividad del pensar, que es un influjo desgastador de las asociaciones, produce rectificaciones por otras representaciones. Pero esto se vuelve imposible cuando la representación afectiva se sustrae del “comercio asociativo” conservando su total valor de afecto. Se trata, entonces, de representaciones actuales pero inconscientes que poseen una gran intensidad para influir sobre la asociación, sin embargo ellas mismas permanecen fuera de la conciencia. Lo que le lleva a plantear que el campo de la actividad psíquica representadora no coincide con el de la conciencia potencial. La actividad psíquica representadora se descompone en consciente e inconsciente, y las representaciones, en susceptibles e insusceptibles de conciencia. No se trata de una escisión de la consciencia, pero sí de una escisión de la psique.

Estas “representaciones inconscientes” influyen sobre la asociación haciendo que ciertas representaciones singulares se vuelvan más vivaces, cualquier suceso que despierta recuerdos “inconscientes” libera toda la fuerza afectiva de estas representaciones no desgastadas. Una suerte de figuración algebraica es la propuesta de Freud para entender  la mecánica de la representación. (6)

Unos años más tarde, en su artículo La Represión (1915), descompondrá lo que había concebido como unitario, pues junto a la representación (Vorstellung) interviene algo diverso, algo que representa (räpresentieren) a la pulsión y puede experimentar un destino de represión totalmente diferente del de la representación. Este otro elemento corresponde a la pulsión en la medida que se ha desasido de la representación y ha encontrado una expresión proporcionada a su cantidad en procesos registrables para la sensación como afectos (7). Habrá pues que rastrear lo que se ha hecho de la representación, por un lado, y de la energía pulsional, por  otro.

No hay por tanto afectos inconscientes como hay representaciones inconscientes. La diferencia está en que las representaciones son investiduras de huellas mnémicas, mientras que los afectos y sentimientos corresponden a procesos de descarga cuyas exteriorizaciones últimas se perciben como sensaciones. La represión queda definida como el divorcio entre el afecto y su representación, ambos van al encuentro de sus destinos separados.

Concebir los procesos psíquicos en términos de estímulo, sustitución, conversión, descarga, es concebir un mecanismo psíquico que funciona con cantidades de energía que están supeditadas al principio de inercia neuronal, es decir que intentan liberarse de la cantidad. Siendo ésta la función primaria de las neuronas. Pero este principio de inercia es alterado desde el comienzo, pues el sistema neuronal no sólo recibe estímulos desde el mundo exterior sino que además recibe los estímulos del propio cuerpo, que expresan el hambre, la respiración y la sexualidad. De estos estímulos endógenos – precursores del concepto de pulsión – ante los cuales el “organismo” no puede huir, deberá emprender una acción específica para cancelarlos. En un principio y durante un cierto tiempo al ser humano le hará falta el auxilio ajeno para llevar a cabo esta función, que le es impuesta por las exigencias de la vida (8).

Es condición necesaria que este sistema psíquico posea cualidad de memoria. Freud resolverá la primera dificultad que le plantea su modelo psíquico, – el problema de cómo un mismo aparato puede mantener las alteraciones que se han producido y por otro lado mantenerse abierto a la recepción de las nuevas percepciones -,  diferenciando dos sistemas: un sistema de percepción-consciencia y un sistema de memoria, dotados cada uno de cualidades específicas y excluyentes entre sí. El primer sistema recibe los estímulos perceptivos pero no conserva nada de ellos, carece pues de memoria. De las percepciones que llegan al aparato psíquico queda una huella, la “huella mnémica”, que consiste en alteraciones permanentes sobrevenidas en los elementos  de los sistemas. Así pues, el segundo sistema traspone la excitación momentánea del primero a huellas permanentes (9). Hay algo constante y algo variable.

Pero la memoria no preexiste de una manera simple sino múltiple, tal como lo explica en la Carta 52 (1896) (10) – dirigida a Fliess – en la cual le comunica su idea sobre el mecanismo psíquico, mecanismo concebido como una estratificación sucesiva, en la cual las huellas mnémicas van siendo afectadas por reordenamientos según nuevos nexos, y que opera realizando retranscripciones de signos. La primera transcripción que realiza es el enlace de las percepciones entre sí en la memoria, producido por el encuentro en la simultaneidad, siendo ésta la condición para que se produzca la fijación de la asociación. La segunda transcripción es ordenada por nexos causales (conceptos) y una tercera transcripción enlaza las representaciones con las  palabras, siendo entonces susceptibles de conciencia.

La vertiente clínica de esta hipótesis es postular las peculiaridades de las psiconeurosis debidas al hecho de no producirse la traducción para ciertos materiales, lo cual tiene consecuencias.  Esta  denegación (Versagung) de la traducción es aquello que clínicamente va a llamar “represión”. El motivo sería el desprendimiento de displacer que se generaría por una traducción (11).

Freud supondrá una organización que interviene sobre la satisfacción o dolor primitivos, es lo que llamará el “yo”, cuyo afán es librar sus investiduras por el camino de la satisfacción. Pero la influencia sobre él de la repetición de vivencias de dolor o de desengaño le llevará a la inhibición de ciertos procesos psíquicos, pues el peligro para el yo está en investir un objeto-recuerdo y decretar la descarga, pues la satisfacción faltará porque el objeto no tiene presencia real sino sólo en una representación-fantasía. Es pues una de las funciones fundamentales del yo diferenciar entre percepción y representación (12).

Encontramos en el Proyecto de Psicología (1950 [1895]) el más antiguo intento de Freud de abordar el problema del “examen de realidad”, el procedimiento por el cual se decide si una cosa pertenece o no a la realidad objetiva (13).

Freud considerará especialmente el supuesto de que el objeto que brinda la percepción sea parecido al sujeto, un prójimo. Un objeto como éste es simultáneamente el primer objeto-satisfacción y el primer objeto hostil, y el único poder auxiliador. Sobre el prójimo aprende el ser humano a discernir.  El llamado complejo del prójimo articula de este modo lo más  íntimo  y lo más extranjero del sujeto.

Freud diferenciará  entre lo que en el objeto puede ser comprendido por un trabajo mnémico, es decir sus cualidades pueden descomponerse en atributos  que el psiquismo registra como representaciones que entran en asociaciones regidas por las leyes  del placer y del displacer, y otro componente  que se mantiene como cosa del mundo, que no es susceptible de representación.

La preocupación por el examen de realidad tiene su fundamento  al plantear como consecuencia de las psiconeurosis una enajenación de la realidad.

El punto de arranque serán los procesos psíquicos inconscientes, los más antiguos, los más primarios. La tendencia de estos procesos obedece al principio de placer, es decir, aspiran a ganar placer y  a retirarse de lo que puede provocar displacer.

Las necesidades internas, es decir lo pulsional, perturban constantemente el estado de reposo psíquico. Primeramente, lo deseado se alucina – como ocurre en el sueño -, pero el desengaño, la ausencia de satisfacción trae como consecuencia que se abandone la vía alucinatoria (14). El aparato psíquico debió resolverse  a representar las constelaciones reales del mundo exterior y a procurar la alteración real. Así se introdujo un nuevo principio en la actividad psíquica: ya no se representó lo que era agradable, sino lo que era real, aunque fuese desagradable. Es lo que Freud ha llamado “Principio de realidad” (15).

La tendencia general de nuestro aparato anímico es aferrarse a las fuentes de placer de que dispone y en la dificultad con que se renuncia a ellas. Al establecerse el principio de realidad, una clase de actividad del pensar se escindió, se mantuvo apartada del examen de realidad y permaneció sometida únicamente al principio de placer. Es lo que ocurre en el fantasear y en los sueños diurnos, en el que se abandona el apuntalamiento en objetos reales.

El relevo del principio de placer por el principio de realidad no se cumple de una sola vez ni simultáneamente, más bien la sustitución del principio de placer por el principio de realidad no implica el destronamiento del primero, sino su aseguramiento.

Freud establecerá una diferenciación entre las pulsiones yoicas y las pulsiones sexuales respecto al principio de realidad. Mientras que las pulsiones yoicas cursan un desarrollo concordante con el principio de realidad, las pulsiones sexuales se comportan primero en forma autoerótica, encontrando satisfacción en el cuerpo propio, de ahí que no lleguen a la situación de frustración, que es lo que obligó a instituir el principio de realidad, estableciendo un vínculo entre pulsión sexual y fantasía, y pulsión yoica y actividades de la conciencia.

El yo, con la instauración del principio de realidad, sufrirá una transmutación del yo-placer a un yo-realidad, a la vez que las pulsiones sexuales sufrirán modificaciones que las lleven desde el autoerotismo inicial, pasando por diversas fases intermedias, hasta el amor de objeto (16).

El supuesto de que cada estadio de estas dos líneas de desarrollo puede convertirse en el asiento de una predisposición a enfermar más tarde de neurosis implica hacer depender la decisión acerca de la forma que adquirirá después la enfermedad – le elección de neurosis- de la fase del desarrollo del yo y de la libido en la cual sobrevino la inhibición de desarrollo (17).

          En el artículo Sobre los tipos de contracción de neurosis (1912) referirá a la libido todas las alteraciones, diferenciando varios tipos (18).

El primer tipo, es consecuencia de una alteración en el mundo exterior. Freud lo refiere a la pérdida de un objeto real que satisfacía los requerimientos amorosos del individuo, sin que se halle un sustituto. La frustración produce su efecto patógeno al estancar la libido, pues otorga vigencia a los factores predisponentes hasta ese momento ineficientes, amenazando el peligro de que la libido sea introvertida, extrañándose entonces el individuo de la realidad, es decir perdiendo valor para él e invistiendo la vida de la fantasía. Se crean entonces nuevas formaciones de deseo y se reaniman  las huellas de formaciones de deseos anteriores, ya olvidadas. Por el nexo íntimo de la actividad fantaseadora con el material infantil, reprimido y devenido inconsciente y por la exención de que goza la vida de la fantasía respecto del examen de realidad, la libido puede retroceder más. Es lo que llamará regresión.

Este conflicto es solucionado por formaciones de síntomas, que figuran satisfacciones sustitutivas.

Es decir, se enferma por una vivencia y el conflicto sobreviene después que la libido estancada ha escogido otras posibilidades, inconciliables, de satisfacción.

En el segundo tipo, el individuo enferma en su empeño interior por procurarse la satisfacción asequible en la realidad. Enferma en el intento de adaptarse a la realidad y cumplir la exigencia de realidad, de objetividad. Se enferma, en este caso, por un proceso de desarrollo. El conflicto sobreviene entre el afán de perseverar tal como se es y el afán de alterarse según propósitos nuevos y nuevas exigencias de la realidad, quedando por igual inhibidas las dos variedades de satisfacción, tanto la habitual como aquella a la cual se aspira, llegando así al estancamiento libidinal.

El tercer tipo, Freud lo planteará como una exageración del segundo, en el cual se enferma por exigencia de la realidad. Se trata de una inhibición fuerte del desarrollo, y se enferma tan pronto se ha rebasado la infancia. La libido nunca ha abandonado las fijaciones infantiles. Y un cuarto tipo en el que caer enfermo impresiona por su  espontaneidad. La explicación que da es que estaría causado por acrecentamientos libidinales repentinos.

Freud sostendrá como factor primario de la causa de la enfermedad, la estasis libidinal, considerada como un factor cuantitativo. No se trata de una cantidad absoluta, sino de la proporción entre el monto libidinal eficiente y aquella cantidad de libido que el yo singular puede dominar, mantener en tensión, sublimar o aplicar directamente.

La afirmación de que la causación de la enfermedad depende de la cantidad libidinal armoniza con dos teorías sostenidas por Freud: la primera, concebir la neurosis como un conflicto entre yo y libido; la segunda es que no existe ninguna diversidad cualitativa entre las condiciones de la salud y de la neurosis, los “sanos” llevan la misma lucha para dominar la libido, pero les va mejor (19).

La constelación patógena de la economía depende de la estasis libidinal, de la cual el yo no puede defenderse con sus recursos sin daño. La situación se volverá patógena a consecuencia de un factor cuantitativo; con lo cual queda totalmente desestimada una “causa patológica”, pues la causación de la enfermedad se halla por regla general en una situación psíquica que puede producirse por diversos caminos. (20)

 

 

  1. APORTACIONES DE LAS PSICOSIS A LA TEORÍA DE LA LIBIDO

 

Freud investigará la etiología diferencial de las psiconeurosis basándose en los estadios de desarrollo de la libido, concepto propio del psicoanálisis, que recorre la teoría freudiana.

Parte de la hipótesis de que el efecto de la frustración de la satisfacción libidinal es ocasionar una regresión de la libido a algún punto de fijación previo (1), Presuponiendo entonces que un proceso análogo debe operar también en trastornos más graves, como la esquizofrenia y la paranoia.

Fijación y regresión  serán  los dos conceptos relacionados con el efecto patógeno del estancamiento libidinal, encontrando un nexo entre ambos, pues mientras más fuertes sean las fijaciones en la vía evolutiva, tanto más la función libidinal esquivará las dificultades externas mediante una regresión hasta aquellas fijaciones.

La regresión es un término meramente descriptivo que indica uno de los peligros en el desarrollo libidinal – el otro es la inhibición – consistiendo en que partes de la aspiración sexual que ya han avanzado pueden revertir en un movimiento de retroceso hasta una de las etapas anteriores.

El término fijación (Fixierung) fue utilizado por Freud con diversos significados (2). En sus primeros escritos lo emplea con el sentido que le daban los hipnotistas, para designar la concentración de la mirada. Abandonado este uso, la palabra será empleada con un significado bastante próximo al uso corriente, es decir, que algo queda establecido de manera permanente. En sus primeros trabajos hablará de la “fijación” de una concepción o representación al recuerdo de un trauma. En estos trabajos también hablará de la “fijación” de un síntoma, para cuyo establecimiento será necesaria la repetición de un mismo proceso o de una misma escena que fijaría el síntoma. Pero será en el historial clínico del caso Dora donde el término “fijación” alcanza su sentido psicoanalítico: una detención en el desarrollo, relacionando la fijación a la moción amorosa. En Tres ensayos de teoría sexual (1905), al elucidar los factores que pueden  perturbar el desarrollo libidinal,  afirmará que todas las fases por las que atraviesa pueden convertirse en un lugar de fijación, así como todo punto de articulación de esta complicada síntesis puede ser ocasión para un proceso disociador de la pulsión sexual (3).

El problema de la posible relación entre el punto de fijación y el tipo de neurosis contraida, es decir, el problema de la elección de la neurosis, interesó a Freud desde el comienzo de sus reflexiones. En 1899 (Carta 125) se pregunta: ”¿Cuándo un ser humano se vuelve histérico en lugar de paranoico?” (4). Encuentra las primeras vías de respuesta  en las fases del desarrollo de la vida sexual, al plantear que entre los estratos de lo sexual el inferior es el autoerotismo, modo de satisfacción que renuncia a una meta psicosexual y sólo reclama la sensación localmente satisfactoria; es relevado luego por el aloerotismo (homo y heteroerotismo) pero persiste como una corriente particular. Establecerá entonces la diferencia entre histeria y paranoia: la histeria (y su variedad, la neurosis obsesiva) es aloerótica, siendo su vía principal la identificación con la persona amada, mientras que la paranoia  vuelve a disolver la identificación, producida como un asalto de la corriente autoerótica, como un retroceso al punto de vista de entonces (5).

En 1913, al abordar la predisposición a la neurosis obsesiva, volverá a plantear el problema de averiguar por qué y cómo un ser humano puede contraer una neurosis, problema que sólo puede ser resuelto si se averigua por qué se contrae determinada neurosis y no otra (6).

La propuesta que hace es considerar que las causas decisorias en la elección de neurosis pertenecen a la naturaleza de las predisposiciones, independientes de las vivencias de efecto patógeno. Los desarrollos de las funciones psíquicas – sobre todo la función sexual, como también las funciones yoicas – en el largo y complejo camino que tienen que recorrer pueden encontrarse con dificultades. Es bastante probable que no siempre se realice de una manera conjunta y progresiva. Cada vez que un fragmento se quede en el estadio anterior se produce uno de los llamados “lugares de fijación”. Es así como Freud concibe nuestras predisposiciones como inhibiciones del desarrollo.

La decisión sobre si se genera una histeria, una neurosis obsesiva, una paranoia o una demencia precoz, dependerá del momento en que se posibilite la represión, o sea el momento en que se muda una fuente de placer interior en un rechazo interior. Los estados de libido insatisfecha aplican su fuerza de displacer para ocasionar la represión, y si bien las representaciones reprimidas siguen operando de manera autónoma en sus oscilaciones permanecen dependientes de la tensión libidinal (7).

La libido se concibe como algo exclusivamente “psíquico”, entendiendo como “libido sexual” el placer psíquico y diferenciándola de la excitación sexual somática, proveniente de los órganos del cuerpo.

La libido designa la energía de las pulsiones sexuales, que si son coartadas en el camino hacia su meta emprenden otros caminos. Freud utilizará el ejemplo de los vasos comunicantes, en el primero de sus tres ensayos sobre  teoría sexual,  para describir los diversos caminos por los que migra la libido, pues cuando se frustran las vías de satisfacción libidinal, la libido actuará como una corriente cuyo cauce principal queda cortado, llenando las vías colaterales que estaban vacías.

Su resistencia a ser subordinada a la realidad del mundo le hace tomar el camino de la regresión y reanimar imagos infantiles.

La idea de Freud es que hay una tendencia defensiva normal, es decir hay una repugnancia a guiar la energía  psíquica de manera que genere displacer, pero esta inclinación de defensa se vuelve nociva cuando se dirige contra representaciones que pueden desprender un displacer nuevo, aún siendo recuerdos.

Las psiconeurosis son consideradas por Freud (Manuscrito H y K) como modos patológicos de defensa (8), siendo lo peculiar de la paranoia defenderse de una representación inconciliable para el yo proyectándola al mundo exterior y conservando a la vez contenido y afecto. Es así como la idea delirante es sustentada con la misma energía con el que el yo se defiende de alguna otra idea penosa insoportable, lo que le lleva a afirmar que los paranoicos aman al delirio como a sí mismos (9). Sitúa su génesis en la represión de unos pensamientos que son reproches.

El reproche es reprimido por el camino de la proyección, quitándole entonces el reconocimiento de reproche. Contra los síntomas que retornan – las voces – no hay defensa posible, pero como sustituto, en la paranoia, se halla otra fuente para la formación de síntoma: las ideas delirantes, que fuerzan el pensamiento del yo hasta que se las pueda aceptar exentas de contradicción. Como no son influibles, el yo se ve precisado a adecuárseles. Es así como el delirio de interpretación  desemboca en la alteración del yo (10).

Freud se pregunta (Carta 22): ¿Cuál es la condición para que un proceso interior, emocionalmente ocupado, sea proyectado hacia fuera? (11)

Basándose en su modelo libidinal desarrollado en Los tres ensayos de teoría sexual (1905), afirma que la pulsión sexual es originariamente autoerótica, y más adelante confiere a las representaciones recordadas de objetos ocupación emocional, amor al objeto (12). Cuando Freud se refiere a los “objetos” que han sido investidos libidinalmente se refiere a las representaciones psíquicas de los objetos y no a los objetos del mundo, pues la realidad freudiana es una realidad psíquica.

A partir de esta base, pensará que en la paranoia le es retirada la libido al objeto, y que esta representación del objeto sin libido, despojada de lo que la caracteriza como interior, es lo que le da el carácter de percepción. Su suposición es que la libido retirada del objeto ha vuelto al yo.

En la carta 25 (13), al responder al problema planteado por Jung: ¿Qué significa la retirada de la libido a partir del objeto? Freud aclara los dos tiempos del proceso:

1º) represión de la libido y 2º) retorno de la libido.

Lo que da lugar a tres caos:

1º) La represión por este proceso se logra definitivamente, es la demencia precoz, en el cual la libido desemboca en el autoerotismo.

2º) En el retorno de la libido tan sólo una parte deriva hacia lo autoerótico, otra busca de nuevo al objeto, la que formaría la idea delirante. Es el paranoide de la demencia precoz.

3º) La represión falla por completo, la libido que retorna busca al objeto convertido ahora en percepción, constituyendo las ideas delirantes más intensas. Es la paranoia pura.

Esta clasificación supone que hay diferentes modos de retirar la libido del objeto y por tanto también modos diferentes del retorno de la libido en el intento de volver a libidinizar los objetos, abriendo por esta vía la cuestión de la clínica diferencial en la psicosis.

Es en el caso del presidente Schreber (14) donde Freud plantea una investigación para fundar las diferencias en la forma y desenlace de ambas afecciones – paranoia y demencia precoz – por medio de unas diferencias que les correspondan en la fijación predisponente; pues encuentra que hay estrechos vínculos entre paranoia y demencia precoz.

En este sentido le parece bien justificado el paso que dio Kraepelin al fusionar en una nueva entidad clínica (junto con la catatonía y otras formas) lo que antes se llamaba “paranoia”, pero le parece un desacierto escoger para esa unidad el nombre de dementia praecox.

Objeta a la propuesta de Bleuler de designar esquizofrenia a ese mismo grupo de formas, que  este término es utilizable  si no se recuerda su significado literal: mente escindida.

En estos momentos considera que lo más adecuado es bautizar a la demencia precoz con el nombre de parafrenia, de contenido indeterminado, expresando así sus vínculos con la paranoia, además de recordar a la hebefrenia incluida en ella.

Lo que le parece importante es conservar la paranoia como un tipo clínico independiente, aunque su cuadro muy frecuentemente se complique con rasgos esquizofrénicos. Desde el punto de vista de la teoría de la libido, se la puede separar de la demencia precoz por una diversa localización de la fijación predisponente  y un mecanismo distinto del retorno de lo reprimido.

Lo común es el carácter básico de la represión propiamente dicha, es decir, el desligamiento libidinal con regresión al yo.

  1. Abraham destacará en la demencia precoz el carácter del alejamiento de la libido del mundo exterior, a partir de lo que se infiere la represión por desligamiento libidinal.

La fase de las alucinaciones tormentosas es entendida como fase de la lucha de la represión contra un intento de restablecimiento que pretende devolver la libido a sus objetos. Intento de recuperación que no se sirve de la proyección, como en la paranoia, sino del mecanismo alucinatorio. He aquí una de las grandes diferencias respecto de la paranoia.

El desenlace de la demencia precoz aporta la segunda diferencia, más desfavorable que el de la paranoia, pues no triunfa la reconstrucción, sino la represión.

La regresión no llega hasta el narcisismo exteriorizado en el delirio de grandeza, sino hasta la liquidación del amor de objeto y el regreso al autoerotismo infantil.

La fijación predisponente debe de situarse más atrás que en el caso de la paranoia, o sea, estar contenida al comienzo del desarrollo que partiendo del autoerotismo aspira al amor de objeto.

Estos supuestos sobre las fijaciones predisponentes en la paranoia y la parafrenia permiten entender que un caso pueda empezar con síntomas paranoicos y desarrollarse hasta una demencia precoz; que fenómenos  paranoides y esquizofrénicos se combinen en todas las proporciones. Pues en el desarrollo pueden haber quedado atrás muchas fijaciones, y consentir estas, en una serie, la irrupción de la libido (15).

Las dificultades del análisis del caso Schreber llevan a Freud a ampliar el concepto de libido, ya no será sólo la energía de la pulsión sexual, a partir de entonces hará coincidir libido con interés psíquico general. Desde esta perspectiva, en el texto Introducción al Narcisismo (1914) (16) profundizará en el problema de las relaciones entre el yo y los objetos, trazando una nueva distinción entre “libido yoica” y “libido de objeto”, en lugar de la que anteriormente había hecho entre pulsión yoica y pulsiones sexuales. Supuesto que mantiene y que pone a prueba con el estudio de afecciones como la esquizofrenia.

Parte de la idea de una originaria investidura libidinal del yo, cedida después a los objetos. Considerar la imagen  de un narcisismo primario surge justamente en el intento de incluir bajo la premisa de la teoría de la libido el cuadro de lo que ha denominado parafrenias, pues encuentra como rasgos fundamentales el delirio de grandeza y el extrañamiento de su interés respecto del  mundo exterior, de personas y cosas. De ahí la dificultad para su tratamiento psicoanalítico.

La diferencia que encuentra respecto del histérico y del neurótico obsesivo, que también han restringido el vínculo con la realidad, es que no han cancelado el vínculo erótico con personas y cosas, aún lo conservan en la fantasía, es decir, han sustituido los objetos reales por objetos imaginarios de su recuerdo o los han mezclado con éstos, siendo a este estado de la libido lo que Freud llamará introversión de la libido. En el caso de los parafrénicos, parecen haber retirado realmente su libido de las personas y cosas del mundo exterior, pero sin sustituirlas por otras en sus fantasías.

Se pregunta, entonces ¿Cuál es el destino de la libido sustraída de los objetos de la esquizofrenia?  (17). El delirio de grandeza es lo que nos lo indica, delirio que nace a expensas de la libido de objeto, que sustraída del mundo exterior fue conducida al yo. En este sentido, el delirio de grandeza no es una creación nueva, sino la amplificación y el despliegue de un estado que ya antes había existido. Este narcisismo que nace por replegamiento de las investiduras de objeto puede ser considerado como un narcisismo secundario.

Anteriormente, Freud había explicado el delirio de grandeza como la manifestación del avasallamiento del yo.

El problema del avasallamiento del yo del enfermo fue examinado por Freud en las distintas neurosis de defensa, pues esta expresión fue utilizada tanto para designar un tipo de psicosis: “psicosis de avasallamiento”, como para designar  el estadio del avasallamiento del yo por la representación obsesiva, en la neurosis obsesiva; como el avasallamiento del yo en los periodos más intensos de producción de síntomas histéricos en la histeria aguda. Encontramos por primera vez esta expresión en el Manuscrito K, enviado a Fliess el 1º de Enero de 1896, al describir la última fase de la trayectoria de la enfermedad: el estadio en que las representaciones reprimidas retornan, y en la lucha entre éstas y el yo se forman los síntomas nuevos, los de la enfermedad propiamente dicha, siendo éste un estado de nivelación, de avasallamiento o de curación deforme (18).

Al ocuparse de la paranoia explica que la vivencia primaria sobre la que ha actuado la represión, por ser un recuerdo que ha desprendido displacer, es de naturaleza semejante a la de la neurosis obsesiva; la diferencia es que en la paranoia no se forma ningún reproche reprimido, sino que el displacer que se genera es atribuido al prójimo según el esquema psíquico de la proyección; es así como la desconfianza – la susceptibilidad hacia otros –  es el síntoma primario formado. Se deniega, pues, la creencia al reproche.

Freud distinguirá entre el retorno del contenido de la vivencia, que retorna como un pensamiento en forma de ocurrencia, o como una alucinación visual o sensorial; y el retorno del afecto reprimido, que retorna en alucinaciones de voces. Las voces devuelven el reproche, como un síntoma de compromiso, desfigurado en el texto hasta ser irreconocible y mudado en amenaza, referido entonces no a la vivencia primaria, sino al síntoma primario: la desconfianza.

Puesto que al reproche primario le fue denegada la creencia, el yo no lo considera algo ajeno, sino que es incitado a intentos de explicación, lo que Freud llamará delirio de asimilación. Con el retorno de lo reprimido en forma desfigurada, la defensa fracasa enseguida, y el delirio de asimilación no puede ser interpretado como síntoma de defensa secundaria, sino como comienzo de una alteración del yo, como expresión de avasallamiento. Este proceso frecuentemente se cierra en la formación delirante del delirio de grandeza, en el que el yo ha sido remodelado por completo.

Freud ya había postulado la causación de las neurosis por la estasis libidinal. Ahora, con esta nueva distinción, – de libido yoica y libido de objeto -, hará depender las neurosis – histeria y obsesión- de una estasis de la libido de objeto, que se adscribe a los objetos de la fantasía, y las parafrenias, como también la hipocondría, de una estasis de la libido yoica (19).

El supuesto de que la libido de objeto puede trasponerse en libido yoica, y que, por lo tanto es preciso tener en cuenta una libido yoica, es la solución encontrada por Freud para explicar lo que también denomina neurosis narcisistas (demencia precoz, esquizofrenia) y dar cuenta de las semejanzas y diferencias con la histeria y la obsesión.

La libido, convertida en narcisista, no puede entonces hallar el camino de regreso hacia los objetos, y es este obstáculo a su movilidad lo que es patógeno. La idea de Freud es que la acumulación  de la libido narcisista no se tolera más allá de cierta medida, y que incluso se ha llegado a la investidura de objeto justamente por eso, porque el yo se vio forzado a emitir su libido a fin de no enfermar con su estasis.

El proceso que hace desligarse a la libido de los objetos y le bloquea el camino de regreso se aproxima al de la represión, ha de pensarse como su correspondiente.

En su trabajo Las neuropsicosis de defensa (1894), al explicar la Confusión alucinatoria (19), ejemplificada en el caso de una joven enamorada que cree ver y oír a su amado, introducirá la existencia de una modalidad defensiva mucho más enérgica y exitosa que el divorcio entre una representación inconciliable y su afecto. Esta defensa más enérgica consiste en que el yo desestima (verwerfen)  la representación insoportable junto con su afecto y se comporta como si la representación nunca hubiera comparecido. El yo se defiende así arrancándose de la representación insoportable, pero ésta se entrama de manera  inseparable con un fragmento de la realidad objetiva, y en tanto el yo lleva a cabo esta operación, se desase también, total o parcialmente, de la realidad objetiva. Es ésta la condición bajo la cual la representación cobra vividez alucinatoria.

 

 

 

 

 

 

 

  1. MODIFICACIONES DEL CONCEPTO DEL INCONSCIENTE A PARTIR DE LA ESQUIZOFRENIA

 

Los dos motivos por los que Freud considera el estudio de la esquizofrenia son, por un lado, porque su teoría de la libido ha de poder explicar  todas las afecciones psiconeuróticas, por otro, porque piensa que el estudio de las neurosis narcisistas pueden  acercarnos al enigmático inconsciente, pues en la esquizofrenia  se exterioriza como consciente mucho de lo que en las neurosis de transferencia  sólo puede investigarse en el inconsciente por medio del psicoanálisis.

En su artículo Notas sobre el concepto de lo inconciente en psicoanálisis (1912) afirmará que el predominio de ideas inconscientes eficientes es lo esencial en todas las formas de neurosis (1). Los fenómenos neuróticos nos han enseñado que un pensamiento  latente o inconsciente  no necesariamente es débil, más bien tienen una gran fuerza  en la vida anímica.

En la distinción hecha del psiquismo entre consciente, preconsciente e inconsciente matizará como preconsciente los pensamientos latentes a consecuencia de su debilidad, que devienen conscientes cuando cobran fuerza; los inconscientes son los pensamientos  latentes que no penetran en la consciencia por intensos que sean.

El término “inconsciente” cobra así un significado más amplio que el sentido meramente descriptivo, pues no sólo designa  pensamientos latentes en general, sino, en particular, pensamientos con un cierto carácter dinámico, aquellos que a pesar de su intensidad y su acción eficiente se mantienen alejados de la conciencia.

Hay pues un preconsciente eficiente, que sin dificultad pasa a la consciencia, y un inconsciente eficiente, que permanece inconsciente y parece estar cortado de la consciencia, por efecto de la represión.

En su detallado estudio sobre el inconsciente explicará la represión como el proceso que se cumple sobre las representaciones en la frontera de los sistemas inconsciente  y preconsciente, tratándose de una sustracción de investidura.

Para el caso de la esquizofrenia, caracterizada por la oposición entre el yo y el objeto – desde el trabajo de Abraham (1908)  (2) – y con el supuesto  de que tras el proceso de la represión la libido quitada no busca un nuevo objeto, sino que se recoge  en el yo, se retiran las investiduras de objeto y se reproduce  un estado de narcisismo primitivo, carente de objeto.

Su característico rechazo del mundo y la evidencia de signos de una sobreinvestidura del yo propio – en los delirios de grandeza – armonizan con el supuesto de una retirada de las investiduras de objeto.

 

Es realizando estas elaboraciones en el artículo Lo inconciente (1915) (3), cuando Freud plantea una modificación al supuesto de que en la esquizofrenia son retiradas las investiduras de objeto, pues la investidura de la representación-palabra de los objetos se mantiene. Lo que se había llamado la representación-objeto consciente se descompone ahora en la representación-palabra y en la representación-cosa que consiste en la investidura, si no de la imagen directa de la cosa, al menos de huellas mnémicas derivadas de ellas. La representación inconsciente es la representación-cosa sola, definiendo entonces el sistema inconsciente como lo que contiene las investiduras de objeto primeras y genuinas; el sistema preconsciente nace cuando esa representación-cosa es sobreinvestida por el enlace con las representaciones-palabra que le corresponden. Estas sobreinvestiduras son las que posibilitan el relevo del proceso primario por el proceso secundario que rige el preconsciente.

La representación no aprehendida  en palabras, o el acto psíquico no sobreinvestido, se quedan entonces en el interior del inconsciente.

Freud plantea entonces la duda de si el proceso que se ha llamado  represión tiene algo en común con la represión de las neurosis de transferencia. Por lo expuesto anteriormente, la fórmula según la cual la represión es un proceso que ocurre entre los sistemas inconsciente y preconsciente (o consciente) tiene que ser modificada para la dementia praecox y las afecciones narcisistas.  Pues si en ambas hay una retirada de la libido de los objetos, en la esquizofrenia esta huida consiste en el recogimiento de la investidura pulsional de los lugares que representan a la representación–objeto inconsciente  pero la parte de esa misma representación-objeto que pertenece al sistema preconsciente – las representaciones-palabra –   está destinada a experimentar más bien una investidura más intensa.  La explicación que encuentra Freud  es que la investidura de la representación-palabra no es  parte del acto de la represión, sino que constituye el primero de los intentos  de restablecimiento o de curación.

La idea de Freud es que nuestra actividad anímica se mueve siguiendo dos circuitos contrapuestos: o bien avanza desde las pulsiones, a través del sistema inconsciente, hasta la consciencia, o bien una incitación de fuera le hace atravesar  el sistema de la consciencia y del preconsciente hasta alcanzar las investiduras inconscientes del yo y de los objetos. A pesar de la represión, este segundo camino debe permanecer transitable, quedando un tramo libre para el trabajo que hace la neurosis por reconquistar sus objetos (4).

En la esquizofrenia los empeños por reconquistar el objeto perdido hace que se emprenda el camino hacia el objeto pasando por el componente de palabra (5), pero debiendo conformarse con las palabras en lugar de las cosas y así dice: En la dementia praecox parece como si la libido, en su empeño por regresar a los objetos – vale decir, a las representaciones de estos -, atrapara realmente algo de ellos, más sólo sus sombras, por así decir: creo que son las representaciones-palabra que les corresponden (6).

Freud encuentra una similitud entre lo que ocurre en la esquizofrenia y el sueño, la diferencia decisiva es que en la esquizofrenia las palabras mismas en que se ha expresado el pensamiento pasan a ser objeto de la elaboración por parte del proceso primario. Mientras que en el sueño no son las palabras, sino las representaciones-cosa a las que las palabras fueron reconducidas. El sueño conoce una regresión tópica, la esquizofrenia no, en el sueño está libre la transacción entre investiduras de palabra e investidura de cosa; mientras que lo característico de la esquizofrenia es que ese comercio permanece bloqueado.

En los años 50, Jacques Lacan  encontrará explicación en la insistencia que pone el esquizofrénico en reiterar ese paso. En vano, puesto que para él todo lo simbólico es real (7).

 

  1. EL YO Y SUS RELACIONES CON LA REALIDAD

 

En 1.923 la premisa básica del psicoanálisis sigue siendo la diferenciación de lo psíquico en consciente e inconsciente (1). La consciencia queda definida como lo que depende  del yo en su función de organizar coherentemente los procesos anímicos. Ahora bien, un elemento psíquico no suele ser consciente de forma permanente, cuando deja de serlo pasa a ser “inconsciente”, a este estado psíquico es a lo que Freud llama preconsciente, a los elementos psíquicos susceptibles de consciencia, reservando el término inconsciente para aquellas representaciones muy intensas – considerando pues su factor cuantitativo, es decir económico – que influyen en la vida anímica pero que no devienen conscientes  porque una fuerza se opone a ello.

La distinción que Freud establece es que una representación es inconsciente cuando su material permanece no conocido y es preconsciente cuando es susceptible de conexión con una representación palabra, es decir con los restos mnémicos que una vez fueron percepciones y que pueden devenir conscientes, pues sólo puede llegar a la consciencia lo que ya una vez fue percepción.

¿Cómo tenemos pues noticia de lo inconsciente?

Freud postulará que una condición para que el contenido de una representación reprimida pueda irrumpir en la consciencia es que se deje negar (2). La negación es ya una abolición de lo reprimido. Es en sí un sustituto de la represión.

La tesis de que la represión es una forma antecesora del juicio de negación fue expuesta por primera vez en su trabajo sobre el chiste (3), al explicar que en el pensar inconsciente falta el proceso comparable al “juzgar”. En lugar de la desestimación por el juicio se halla en lo inconsciente la represión, descrita aquí como el estado intermedio entre la defensa y el juicio adverso.

Más adelante, en su artículo Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico (1911),  al explicar el establecimiento del principio de realidad, argumentará que en lugar de la represión, que excluye de la investidura a algunas de las representaciones que generan displacer, surgió el fallo que decidirá si una representación es falsa o verdadera, es decir si está acorde con la realidad o no, y esto lo hace por comparación con las huellas mnémicas de la realidad. (4)

Es en el artículo La Negación (1925) donde desarrollará lo relativo a la función del juicio, cuyas dos decisiones son: atribuir o desatribuir una propiedad a una cosa y admitir o impugnar la existencia de una representación en la realidad. Esta segunda decisión es un interés del yo-realidad definitivo, desarrollado desde el yo-placer inicial. Ya no se trata de si algo percibido tiene que ser interiorizado en el yo, sino de si algo presente como representación dentro del yo puede ser reencontrado también en la percepción de la realidad (5).

Lo no real, lo meramente representado, lo subjetivo es sólo interior; lo otro, lo real, está presente también ahí fuera. El fin primero e inmediato del examen de realidad – de objetividad – no es hallar en la percepción objetiva un objeto que corresponda al representado, sino reencontrarlo.

La condición que instituye el examen de realidad es que tienen que haberse perdido objetos que anteriormente procuraron una satisfacción objetiva, real.

El juzgar es el último desarrollo de la inclusión dentro del yo o la expulsión de él, que originariamente se rigió por el principio del placer; pues el yo se encuentra al comienzo de la vida anímica investido por pulsiones, que en parte es capaz de satisfacer en sí mismo. Tiempo en el que el yo-sujeto coincide con lo placentero y el mundo exterior con lo indiferente. El ulterior desarrollo que se consuma bajo el principio del placer es que el yo recoge en su interior los objetos ofrecidos en la medida que son fuente de placer, y por otro lado expulsa lo que interiormente le causa displacer. Así el mundo exterior se descompone en una parte de placer que el yo se ha incorporado y en un resto que le es ajeno.

Freud hace corresponder a esta polaridad la oposición de los dos grupos pulsionales: la afirmación, como sustituto de la unión, pertenece al Eros, y la negación, sucesora de la expulsión, a la pulsión de destrucción. Encuentra así explicación el negativismo de muchos psicóticos como el indicio de la desmezcla de pulsiones.

Tanto las neurosis como las psicosis tienen como consecuencia  una pérdida de la realidad objetiva. En la neurosis el yo al servicio de la realidad va a reprimir aquellas mociones pulsionales que entran en conflicto, es decir que son displacenteras o intolerables para el yo. La forma que el yo tiene de ejercer la represión sobre una moción pulsional es separando la representación de su afecto, cuyo resultado serán los síntomas que como solución de compromiso siguen llevando a cabo la satisfacción pulsional. Es aquí también donde el refugio en el mundo de la fantasía evita un fragmento de realidad, pues las fantasías se apuntalan en un fragmento de realidad distinto del que se defienden, cobrando así un significado particular, un sentido secreto, simbólico (6).

Freud encontró en la represión una doble polaridad pues algo está reprimido, expulsado de la conciencia pero es también atraído por lo que ya fue reprimido anteriormente. Es decir, un elemento que cae bajo la represión entrará en relación con los otros elementos  reprimidos. Lo que ha sido reprimido se expresa de todos modos, por ejemplo en el síntoma. El sujeto en la represión tiene la posibilidad de arreglárselas  con lo que vuelve. En cambio en las psicosis la defensa frente a lo pulsional es una defensa mucho más enérgica pues el yo del psicótico desestima la representación dolorosa junto con su afecto, – Freud dirá: el yo se arranca de la representación insoportable (7)-, desligándose también de esta manera de una parte de la realidad objetiva.

En el primer tiempo se reprime o se desestima, esta primera reacción es lo que diferencia las neurosis de las psicosis

En el segundo tiempo, en el tiempo de la reparación, el psicótico quiere compensar  la pérdida de realidad creando una realidad nueva, siendo el modo más radical la alucinación, en el que el yo se ha procurado percepciones nuevas que corresponden  a la nueva realidad.

Concluye Freud su artículo sobre neurosis y psicosis con la reflexión que la afirmación de que neurosis y psicosis se generan por un fracaso de la función del yo. Haría falta una aclaración complementaria para poder explicar las circunstancias y lo medios en lo que el yo logra no enfermar.

Su planteamiento es que el yo tiene la posibilidad de evitar la ruptura   deformándose a sí mismo, a cambio de una merma en su unicidad y eventualmente segmentándose y partiéndose (8).

En el artículo El Fetichismo (1927),  poniendo como ejemplo el caso de dos hermanos que no se habían dado por enterados de la muerte del padre y que no habían desarrollado una psicosis, explicará que coexistían, una junto a la otra, una actitud acorde al deseo y otra acorde a la realidad.

Para el caso de la psicosis piensa que faltaría la corriente acorde con la realidad (9).

Estas consideraciones le llevan a plantear por un lado,  una alteración del yo en la neurosis, pues el yo normal es una ficción ideal (10), considerando finalmente la alteración del yo como el efecto que en el interior del yo tiene el defender (11) y por otro, postular una escisión del yo en todas las psicosis. Así pues también en la psicosis hay una escisión psíquica.  Lo que explicará en el inconcluso trabajo Esquema del Psicoanálisis (1940 [1938]).  Se forman, dice, dos posturas psíquicas, la que toma en cuenta la realidad objetiva, y otra que bajo el influjo de lo pulsional desliga al yo de la realidad. La condición de la psicosis es el triunfo de esta segunda postura. Si es la primera la que se impone, la que toma en cuenta la realidad, hay una curación aparente de la enfermedad delirante. La segunda postura toma refugio en el inconsciente,  pues antes de la irrupción manifiesta el delirio estaba formado desde tiempo atrás (12).

 

 

 

 

 

  1. EL LENGUAJE EN LAS PSICOSIS

 

El psicoanálisis está hecho de palabras y de silencios.

La prioridad que da Freud al lenguaje al escuchar las palabras del paciente, el qué dicen y cómo lo dicen, nos sitúa en una disciplina basada en el hecho de decir, aunque no encontremos una teoría explícita sobre el lenguaje en la obra freudiana.

El hecho de decir es considerado como una acción que se dirige hacia el mundo exterior, es la manifestación de la descarga de la actividad del pensar.

La palabra, o más bien la representación de la palabra, entendida como un resto mnémico es lo que media entre el aparato psíquico y el mundo exterior.

Freud adjudicará al yo dos operaciones, la psicológica, que da unidad a nuestro yo; y, una operación constructiva, cuya función será interpolar entre la exigencia pulsional y la acción que la satisface, la actividad del pensar (1); y es justamente el pensamiento lo que se articula al lenguaje.

Pero, ¿cómo piensa nuestro psiquismo?

En la carta 52 explicará como condición necesaria del aparato psíquico la exclusión entre la percepción y la conciencia, pues el primer registro del mundo exterior que nuestro aparato psíquico realiza a través de nuestras percepciones es inaccesible a la consciencia. Este primer registro es ordenado por asociaciones de simultaneidad, en una lógica que comienza a operar desde el inicio. Una segunda operación interviene antes que el pensamiento se articule como representación – palabra, dicha operación establece la conexión entre las representaciones por semejanza conceptual. Una de las funciones del yo será pues mantener de un modo no consciente ambas operaciones que articulan y organizan nuestro pensamiento.

En las psicosis vemos cómo se revela el fracaso de esta función del yo, que al no operar esa articulación hace que sean audibles  los pensamientos. Es el caso de las alucinaciones auditivas. Lo observamos también en la peculiar construcción del lenguaje en la esquizofrenia, que pone de manifiesto el mecanismo del inconsciente.

Freud descubrirá la etiología de la paranoia, en el minucioso estudio del caso de la sra P (1896) (2), tratándolo como si se tratara de una histeria; llevando a la conciencia, venciendo una cierta resistencia, pensamientos inconscientes y recuerdos reprimidos. Lo que encuentra como peculiar son las “voces” que la paciente oía o alucinaba interiormente, como indicaciones que provenían de lo inconsciente. Esta “voces” no podían ser unos recuerdos reproducidos por vía alucinatoria sino que eran más bien pensamientos “dichos en voz alta”. La génesis que supone de este fenómeno es la represión de unos pensamientos que en su resolución última significaban unos reproches, considerados como síntomas del retorno de lo reprimido, pero al mismo tiempo consecuencia de un compromiso entre resistencias del yo y poder de lo retornante.

La circunstancia peculiar de la paranoia es que los reproches reprimidos retornan como unos pensamientos enunciados en voz alta, para lo cual se ven forzados a consentir una doble desfiguración: una censura lleva a su sustitución por otros pensamientos asociados o a su encubrimiento por modos imprecisos de expresión, referidos a vivencias recientes, análogas a las antiguas. La desfiguración llega entonces a lo irreconocible manifestándose en formas lingüísticas desacostumbradas.

Freud distinguirá entre el retorno del contenido de la vivencia, que retorna como un pensamiento en forma de ocurrencia, o como una alucinación visual o sensorial; y el retorno del afecto reprimido, que retorna en alucinaciones de voces. Las voces devuelven el reproche, como un síntoma de compromiso, desfigurado en el texto hasta ser irreconocible y mudado en amenaza, referido entonces no a la vivencia primaria, sino al síntoma primario: la desconfianza.

Respecto del lenguaje  esquizofrenico, sobre todo en los momentos de irrupción de la enfermedad, es donde Freud observa una serie de alteraciones del lenguaje. Encuentra como peculiaridad la desorganización sintáctica. Su contenido muchas veces muestra en primer plano una referencia a órganos o a inervaciones del cuerpo.

Freud exploró esta cuestión  a través de los dichos de la paciente del doctor Victor Tausk (3), de los que destacó que la relación con el órgano se ha constituido en la sustitución de todo el contenido de sus pensamientos y afirmará: el dicho esquizofrénico tiene aquí un sesgo hipocondríaco, ha devenido lenguaje del órgano; pues en lo que guía el pensamiento esquizofrénico hay una prevalencia del elemento que tiene por contenido una inervación corporal, o la sensación de ésta. Así, una sola palabra, idónea para ello por múltiples referencias, toma sobre sí la carga de una cadena de pensamientos.

En la esquizofrenia las palabras son sometidas al proceso psíquico primario, el mismo que desde los pensamientos oníricos latentes crea las imágenes del sueño. Las palabras son condensadas, y por desplazamiento se transfieren unas a otras sus investiduras. Lo que da el carácter extraño a la formación sustitutiva es que el sustituto está dado por la semejanza de la expresión lingüística, no por el parecido de la cosa designada. El ejemplo que toma Freud es un agujero es un agujero, es decir hay un predominio de la referencia a la palabra sobre la referencia a la cosa.

 

¿Cómo concibe Freud el lenguaje?

Primeramente es lo escuchado, pues sitúa el origen de la representación de las palabras en las palabras oídas.

Freud escuchará a pacientes aquejados de histeria que le hablan de un cuerpo que no funciona. Escucha también a Charcot y su idea de dos niveles en el psiquismo;  de los que de uno de ellos no se tiene noticia en la vida despierta.

Freud preguntará con insistencia y extrae que el síntoma histérico es un símbolo, es un sustituto de otra cosa. Lee el lenguaje del cuerpo histérico con la asociación libre y así descubre la sintaxis del inconsciente.

Las palabras son representaciones que están cargadas de afecto, del que pueden unirse o separarse; es decir las palabras pueden desplazar sus cargas afectivas de unas representaciones a otras, o condensarlas en una representación. Lo que le lleva a poner de relieve el valor polisémico de las palabras.

Concibe, entonces, el síntoma como la expresión de sentidos “olvidados” que han entrado en conexión y que están ordenados por una lógica que Freud descubre principalmente en los sueños.

Encuentra también una peculiar relación entre los sueños y las palabras primitivas antitéticas, las que estuvieron en el origen del desarrollo del lenguaje y que están formadas por dos sentidos opuestos (4). También en el sueño  los elementos pueden trastornarse en sus contrarios. Esta mudanza es posibilitada por el íntimo encadenamiento asociativo que liga la representación de una cosa a la de su opuesto. Obteniendo así una importantísima clave para entender el funcionamiento de nuestro inconsciente, pues permite explicar de este modo la exención de contradicción en el inconsciente, tal como lo vemos expresado en el sueño y en el lenguaje esquizofrénico.

El síntoma histérico, los sueños junto con el chiste, los lapsus y los actos fallidos son los caminos por los que Freud inicia el descubrimiento del inconsciente y sus leyes.

Por otro lado, el estudio de las psicosis le aportará no sólo el material para las rectificaciones y avances sobre su teoría de la libido, sino además un material que por su evidencia de trastornos en el lenguaje, que considera no como un déficit sino como un modo desvelado del funcionamiento del inconsciente cuando no actúa el mecanismo de la represión, tal como es entendido en las neurosis.

Lo peculiar que encuentra en las psicosis es que dominan las relaciones de contigüidad, como una consecuencia de la ausencia de la función de equivalencia mediante semejanza. Hay  pues un predominio del mecanismo de desplazamiento que pone de relieve la radical separación entre las palabras y las cosas.

Freud supondrá como mecanismo básico de las psicosis el rechazo, la desestimación de una representación dolorosamente insoportable.

Establecerá una relación entre la negación, considerada como una propiedad primerísima del lenguaje y el símbolo, que instaura el orden de la presencia y la ausencia. La negación  se opone a la afirmación primaria y construye lo que es expulsado. En cambio la desestimación es la ausencia de afirmación, es decir, del proceso primario del juicio atributivo. Esta simbolización primordial es la que inaugura la cadena significante que se desarrolla en enlaces lógicos.

Para poder instaurar el símbolo es necesario que algo falte, que algo no esté; pues  el símbolo es fundamentalmente un sustituto. Es ésta operación primaria la que ha fallado en las psicosis.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

           ALGUNAS CONCLUSIONES

 

Nuestra hipótesis de partida ha sido plantear las psicosis como una perturbación en los vínculos libidinales entre el yo y el mundo exterior a causa de un fracaso para simbolizar la ausencia  real del objeto.

Las manifestaciones que encontramos  en los trastornos esquizofrénicos, – delirios de grandeza, alucinaciones, alteraciones en la expresión lingüística con las peculiares referencias a partes del cuerpo – revelan una alteración en la constitución del yo y por tanto una alteración en la constitución de los objetos.

La primera oposición constitutiva que nuestro psiquismo realiza es yo – no yo, regida por el principio de placer. En dicha oposición  el yo se incorpora los objetos del mundo que le son placenteros. Por esta razón la primera experiencia de satisfacción del objeto es alucinada, en un movimiento circular de la libido; vía que el yo abandona para dirigir su interés a los objetos del mundo exterior, que son los que pueden procurar la satisfacción real.

Freud aducirá como condición para instituir la realidad objetiva perder el objeto que procuró una satisfacción real. Ha de introducirse la dimensión de la pérdida, de lo que no hay; pues sólo sobre un fondo de ausencia la libido puede desplazarse.

La tarea del yo consiste no tanto en discernir si un objeto está presente en la realidad o no, sino si es capaz de reencontrar objetos que le procuraron  satisfacción. Cuando Freud  se refiere a los objetos que han sido investidos libidinalmente se refiere a las representaciones psíquicas de los objetos, pues la realidad freudiana es una realidad psíquica.

Tanto las neurosis como las psicosis manifiestan alteraciones en las funciones del yo.

La cuestión que se plantea para la psicosis es un fallo en la operación primaria consistente en sustituir algo del orden de la experiencia de satisfacción por un registro del orden del significante.

La solución que encuentra las psicosis para reparar el fracaso de la simbolización primordial es crearse realidades nuevas y es en esta capacidad creativa donde radica la posibilidad de tratamiento.

 

NOTAS BIBLIOGRÁFICAS

 

EL APARATO PSIQUICO FREUDIANO

  1. Freud, Sigmund. Neurosis y psicosis (1924 [1923] ), Amorrortu editores Buenos Aires 1986, Vol. XIX, p.156
  2. Freud, Sigmund. La pérdida de la realidad en la neurosis y la psicosis. (1924) ), Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol. XIX , p.195.
  3. Breuer, J. Freud, Sigmund. Estudios sobre la histeria (1893-95) Amorrortu editores Buenos Aires 1986, Vol. II, p. 33
  4. Freud, Sigmund. Op.Cit., p. 179
  5. Freud, Sigmund. Op.Cit, 179
  6. Freud, Sigmund. Op.Cit, p.180
  7. Freud, Sigmund. La represión (1915). Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol. XIV, p. 147
  8. Freud, Sigmund. Proyecto de psicología (1950 [1895]). Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol. I, p. 339 – 341
  9. Freud, Sigmund. La interpretación de los sueños. (1900). Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol. V, p. 530 – 531
  10. Freud, Sigmund.Fragmentos de la correspondencia con Fliess (1950 [1892 – 99]). Carta 52. Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol. I, p.274 – 275
  11. Freud, Sigmund. Op. Cit, p. 276
  12. Freud, Sigmund. Proyecto de psicología.(1950 [1895]) Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol. I, p. 371
  13. Freud, Sigmund. Op. Cit., p. 370, n. 80
  14. Freud, Sigmund. Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico. (1911). Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol. XII, p. 224
  15. Freud, Sigmund. Op. Cit., p. 224
  16. Freud, Sigmund. Op. Cit., p. 229
  17. Freud, Sigmund. Pulsiones y destinos de pulsión. (1915) Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol. XIV, p. 130 – 131
  18. Freud, Sigmund. Sobre los tipos de contracción de neurosis. (1912). Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol. XII, p. 239 – 243
  19. Freud, Sigmund. Op. Cit., p. 245
  20. Freud, Sigmund. Op. Cit., p. 245

 

 

APORTACIONES DE LAS PSICOSIS A LA TEORÍA DE LA LIBIDO

  1. Freud, Sigmund. Proyecto de psicología (1950 [1895]). Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol I, p.392
  2. Freud, Sigmund. Un caso de curación por hipnosis.(1892 – 1893). Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol I, p. 159. Nota 7
  3. Freud, Sigmund. Tres ensayos de teoría sexual. (1905). Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol. VII, p. 215
  4. Freud, Sigmund. Fragmentos de la correspondencia con Fliess. (1950 [1892 – 1899] ). Carta 125. Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol. I, p. 322
  5. Freud, Sigmund. Op. Cit., p. 32
  6. Freud, Sigmund. La predisposición a la neurosis obsesiva. Contribución al problema de la elección de neurosis (1913). Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol XII, p. 337
  7. Freud, Sigmund. Fragmentos de la correspondencia con Fliess (1950 [1892 – 1899]) Manuscrito K. Las neurosis de defensa. Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol I, p. 265 – 266
  8. Freud, Sigmund. Op. Cit., p. 249
  9. Freud, Sigmund. Op. Cit., p. 251
  10. Freud, Sigmund. Nuevas puntualizaciones sobre las neuropsicosis de defensa (1896), Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol III, p. 183 – 184
  11. Correspondencia Freud y Jung. Carta 22. Ed. Taurus
  12. Freud, Sigmund. Tres ensayos de teoría sexual (1905). Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, VII, p. 164
  13. Correspondencia Freud y Jung. Carta 25. Ed. Taurus
  14. Freud, Sigmund. Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia (Dementia paranoides) descrito autobiográficamente (1911 [1910]), Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol. XII
  15. Freud, Sigmund. Introducción al narcisismo.(1914). Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol. XIV, p. 71 – 98
  16. Freud, Sigmund. Op. Cit., p. 72
  17. Freud, Sigmund. Fragmentos de la correspondencia con Fliess (1950 [1892 – 1899]). Manuscrito K. Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol. I, p. 262 y siguientes
  18. Freud, Sigmund. Introducción al narcisismo (1914). Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol. XIV, p. 81
  19. Freud, Sigmund. Las neuropsicosis de defensa. Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol, III. p. 59 – 61

 

 

MODIFICACIONES DEL CONCEPTO DE INCONSCIENTE

  1. Freud, Sigmund. Notas sobre el concepto de lo inconciente en psicoanálisis. (1912). Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol. XII, p. 273
  2. Freud, Sigmund. Lo inconciente (1915). Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol. XIV, p. 193.
  3. Freud, Sigmund. Op. Cit., p. 197
  4. Freud, Sigmund. Op. Cit., p. 200
  5. Freud, Sigmund. 26ª Conferencia. La teoría de la libido y el narcisismo. (1917 [1916]). Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, XVI, p. 382 – 384
  6. Freud, Sigmund. Op. Cit., p. 384
  7. Lacan, Jacques. Respuesta al comentario de Jean Hyppolite sobre la Verneinung de Freud. Escritos 1. Siglo XXI editores, p.377

 

 

              EL YO Y SUS RELACIONES CON LA REALIDAD

 

  1. Freud, Sigmund. El yo y el ello (1923). Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol. XIX, p. 15
  2. Freud, Sigmund. La negación (1925). Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol. XIX, p. 253
  3. Freud, Sigmund. El chiste y su relación con el inconciente (1905). Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, VIII, 167
  4. Freud, Sigmund. Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico (1911). Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol XII, p. 226
  5. Freud, Sigmund. La negación (1925). Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol. XIX, p. 254 – 257
  6. Freud, Sigmund. La pérdida de la realidad en la neurosis y la psicosis (1924). Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol XIX, p. 197
  7. Freud, Sigmund. Las neuropsicosis de defensa (1894). Amorrortu editores, Buenos Aires, 1986, Vol III, p. 60
  8. Freud, Sigmund. Neurosis y psicosis (1924). Amorrortu editores, Buenos Aires, 1986, Vol XIX, p. 158
  9. Freud, Sigmund. El fetichismo (1927). Amorrortu editores, Buenos Aires, 1986, Vol. XXI, p. 151
  10. Freud, Sigmund. Análisis terminable e interminable (1937). ). Amorrortu editores, Buenos Aires, 1986, Vol, XXIII, p. 237
  11. Freud, Sigmund. Op. Cit., p. 241
  12. Freud, Sigmund. Esquema del psicoanálisis (1938 – 1940). ). Amorrortu editores, Buenos Aires, 1986 Vol, XXIII, p. 203 – 204

 

EL LENGUAJE EN LAS PSICOSIS

  1. Freud, Sigmund. Esquema del psicoanálisis (1938 – 1940). Amorrortu editores, Buenos Aires, 1986 Vol, XXIII, p. 200
  2. Freud, Sigmund. Nuevas puntualizaciones sobre las neuropsicosis de defensa. (1896) Amorrortu editores, Buenos Aires, 1986, Vol. III, p. 175 – 184
  3. Freud, Sigmund. Lo inconsciente (1915) Amorrortu editores, Buenos Aires, 1986. Vol, XIV, p. 194 y siguientes.
  4. Freud, Sigmund. Sobre el sentido antitético de las palabras. (1910) Amorrortu editores, Buenos Aires, 1986, Buenos Aires, 1986, Vol. XI

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

 

  1. Alvarez, Jose María. La invención de las enfermedades mentales. (1999). Ediciones DOR S.L.
  2. Freud, Sigmund. Un caso de curación por hipnosis. (1892 -93). Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol I.
  3. Freud, Sigmund. Fragmentos de la correspondencia con Fliess (1950 [1892 -1899]). Manuscrito H. Las neurosis de defensa. Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol I
  4. Freud, Sigmund. Fragmentos de la correspondencia con Fliess (1950 [1892 – 1899]) Manuscrito K. Las neurosis de defensa. Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol I.
  5. Freud, Sigmund. Proyecto de psicología (1950 [1895]. Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol I.
  6. Freud, Sigmund. Estudios sobre la histeria. (1893 – 95). Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol II.
  7. Freud, Sigmund. Nuevas puntualizaciones sobre la neuropsicosis de defensa (1896). III. Análisis de un caso de paranoia. Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol III.
  8. Freud, Sigmund. Fragmentos de la correspondencia con Fliess. (1950 [1892 – 1899]). Carta 125. Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol. I.
  9. Freud, Sigmund. La interpretación de los sueños (1900 [1899]). Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol IV y V
  10. Freud, Sigmund. Tres ensayos de teoría sexual. (1905). Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol. VII
  11. Correspondencia Freud y Jung. Carta 27/01/08. Ed. Taurus
  12. Freud, Sigmund. Sobre el sentido antitético de las palabras primitivas. (1910). Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol. XI
  13. Freud, Sigmund. Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia (Dementia paranoides) descrito autobiográficamente (1911 [1910]), Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol. XII.
  14. Freud, Sigmund. Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico. (1911). Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol. XII
  15. Freud, Sigmund. Sobre los tipos de contracción de neurosis. (1912). Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol. XII
  16. Freud, Sigmund. Notas sobre el concepto de inconsciente. (1912). Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol. XII
  17. Freud, Sigmund. La predisposición a la neurosis obsesiva. Contribución al problema de la elección de neurosis. (1913). Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol. XII
  18. Freud, Sigmund. Introducción al Narcisismo. (1914). Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol. XIV
  19. Freud, Sigmund. Pulsiones y destinos de pulsión. (1915). Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol. XIV
  20. Freud, Sigmund. La represión. (1915). Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol. XIV
  21. Freud, Sigmund. Lo inconsciente. (1915). Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol. XIV
  22. Freud, Sigmund. Un caso que contradice a la teoría analítica (1915). Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol. XIV.
  23. Freud, Sigmund. Conferencia 26ª. La teoría de la libido y el narcisismo. Conferencias de introducción al psicoanálisis (1916 – 17 [1915 – 17]). Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol. XV -XVI
  24. Freud, Sigmund. Sobre algunos mecanismos neuróticos en celos, paranoia y homosexualidad. (1922) Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol. XVIII
  25. Freud, Sigmund. Dos artículos de enciclopedia: “Psicoanálisis” y “Teoría de la libido” (1923 [1922]). Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol. XVIII
  26. Freud, Sigmund. El yo y el ello. (1923). Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol. XIX
  27. Freud, Sigmund. Neurosis y psicosis (1924) Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol. XIX.
  28. Freud, Sigmund. La pérdida de la realidad en la neurosis y la psicosis (1924). Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol. XIX.
  29. Freud, Sigmund. La negación. (1925). Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol. XIX.
  30. Freud, Sigmund. El fetichismo (1927). Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol. XXI
  31. Freud, Sigmund. Análisis terminable e interminable. (1937). Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol. XXIII
  32. Freud, Sigmund. Esquema del psicoanálisis (1940 [1938]). Amorrortu editores, Buenos Aires 1986, Vol. XIXIII
  33. Freud, Sigmund. La escisión del yo en el proceso defensivo. (1940 [1938])
  34. Lacan, Jacques. De la psychose paranoïaque dans ses rapports avec la personalité”. Editions du Seuil, París 1975.
  35. Lacan, Jacques. Seminario 3. Las psicosis (1955- 56). Ediciones Paidós, Barcelona, Buenos Aires, México, 1985.
  36. Lacan, Jacques. De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de las psicosis. (1958). Escritos 2. Siglo XXI editores, Madrid 1988.
  37. Lacan, Jacques. Introducción al comentario de Jean Hyppolite sobre la Verneinung de Freud. Escritos I. Siglo XXI editores, Madrid 1988
  38. Lacan, Jacques. Respuesta al comentario de Jean Hyppolite sobre la Verneinung de Freud. Escritos I. Siglo XXI editores, Madrid 1988
  39. Lacan, Jacques. Le Séminaire livre V. Les formations de l´inconscient (1957 – 58). Editions du Seuil, París, 1998.
  40. Lacan, Jacques. Una psicosis lacaniana. Presentación de caso. Revista El Analiticón nº 1
  41. Lacan, Jacques. Presentación de la traducción francesa de las Memorias del Presidente Schreber (1966). Intervenciones y textos 2. Manantial. Avellaneda, Argentina, 1993
  42. Lacan, Jacques. Dos notas sobre el niño (1969). Intervenciones y textos 2. Manantial. Avellaneda, Argentina, 1993
  43. Laurent, Eric. Hay un fin de análisis para los niños. Revista Mundial de Psicoanálisis Uno por Uno, Verano 94
  44. Lechón, Concha. El caminante o defender el lenguaje. (1995). Cuadernos de Psicoanálisis, nº 9. “Los límites de la psicosis y otros estudios clínicos”. Revista del Instituto del Campo Freudiano en España. Ediciones Eolia.
  45. Miller, Jacques Alain. Esquizofrenia y paranoia (1985) Psicosis y psicoanálisis. Manatial. Buenos Aires, 1985
  46. Miller, Jacques Alain. Suplemento topológico a “De una cuestión preliminar…”. Matemas I. Ediciones Manatial S. R. L., Buenos Aires,1987
  47. Miller, Jacques Alain. Mostración en Premonté. Matemas I. Ediciones Manatial S.R.L, Buenos Aires, 1987
  48. Miller, Jacques Alain. ¡Des-sentido (decencia) para la psicosis!. Matemas I. Ediciones Manatial S.R.L., Buenos Aires, 1987
  49. Miller, Jacques Alain. Ironía. Revista Mundial de psicoanálisis Uno por Uno, nº 34. 1993
  50. Palomera, Vicente. Freud y la esquizofrenia. Revista Mundial de Psicoanálisis Uno por Uno, nº 38 y nº 39, 1994
  51. Palomera, Vicente. Una psicosis freudiana bajo transferencia. Revista d´Ornicar digital.
  52. Palomera, Vicente. L´experience psychanalytique des psychoses a l´epoque freudienne. Tesis para la obtención del grado de doctor de la Universidad París 8

 

 

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